Días donde hay mucho en que pensar, en mi vida, futuro, familia y demaces. Tuvo mucho momento para recordar aquellos momentos, dejando la lluvia de lado, se creo un hermoso día con un amplio sol que reflajaba la verdad ante todo, reflejandome unas palabras ante mí.
Salve, OH hermosa doncella, madre de los destino. No es para condolerme o llorar a mis difuntos que vuelvo a tu ribera con la frente coronada de flores.
Nada diré de los años veloces que huyeron de mi con le viento a toda vela. Tal como tus abismos, son serenos mis ojos, libres ya del estéril cuidado de escuchar largamente el horizonte sombrío en busca de esas islas milagrosas donde el amor y el gozo sean, como aquí, mortales.
Al dejarnos la vida nos muestra quienes somos.
Cae la tarde, doncella, en el cielo de mi día. Perdí mi juventud, se ha marchado para siempre.
Yo soy muy viejo para los progenitores de los hombres, no pueden entender mi amor.
Tan grande es que ningún ser se atrevería a ponerse a su lado ni a nutrirlo.
Hay que tener para eso toda la esperanza y todo el porvenir, todo aquello que ríe y llora, la profunda naturaleza, madre de henchido seno que no puede morir.
Feliz el que se entrega a la humana ternura y del mundo recibe lo que ha obsequiado.
Yo sembré la dorada simiente y no recogí los frutos, pero guardo en mi alma indulgente y débil el consuelo y de haberlo perdonado todo.
Por ello me atrevo a amar, es que bajo el yugo de una labor incesante guarda la vida entera en su regazo trémulo, abriendo sus vastos camino a la aventura de los hombres.
Ya nada mas deseo que sus santos abismos sean puros, libres de la bruma que envuelve a los horizontes de estío, y que a todo ancho y lo largo de los océanos, cebándose en los holgados pliegues de mi mortaja de espuma, un ave de paso se sacie con el corazón de amor.
Todos caemos algun día.




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